La mayoría de los problemas lo son porque no tienen solución. Y siguiendo con este razonamiento lo normal es que cuanto más importante sea el problema, más probable es que no tenga solución.
Y llegados aquí, ¿qué hacemos? ¿nos cruzamos de brazos?
He aquí un camino atípico en busca de soluciones. Debemos comenzar estudiando por qué es un problema, por qué llegar a su solución es difícil o imposible, analizar qué medidas agravarían el asunto o lo harían preferible a un posible arreglo.
Así que más que resolverlos lo que se debe de hacer es encauzarlos para que no se desborden, acotarlos para que no se agraven, dinamizarlos para que no se anquilosen.
Estas soluciones, entre otras, las sugiere J.Ig. Torreblanca en la revista Foreign Policy . Las dedica a problemas políticos y estratégicos de largo alcance, pero ¿no os parece que pueden ser validas para los problemas cotidianos que sufrimos a veces?
En el fondo es simple, conozcamos el problema, no permitamos que aumente, no dejemos que envejezca y si lo hablamos, quizás disminuya o desaparezca.
Más de 200 millones de personas no viven, ni trabajan dentro de las fronteras en las que nacieron y crecieron. Asistimos a discusiones sobre fronteras en las que la reflexión brilla por su ausencia; da la sensación de que usamos esa línea de color dibujada en un mapa como un dogma de fe que arrojar a la cara del otro. Nos hemos olvidado del trazado caprichoso que han tenido las fronteras durante la historia que conocemos, muchas de ellas son el resultado de guerras, de conquistas y reconquistas de matrimonios, de revoluciones o de una línea trazada en un mapa dentro de un despacho europeo.
Curiosamente muchos han sido los muertos por defenderlas; y sin embargo suelen cambiarse con relativa facilidad, en Europa en los últimos años hay más de 14.000 Km. de nuevas fronteras. Dentro de ellas viven ciudadanos que comparten un pasado y unos ideales relativamente comunes. Fuera, unos seres humanos intentan atravesarla en busca de un futuro mejor, pero son personas sin derechos, a los que en determinadas ocasiones se les da unos papeles que legalizan su situación ofreciéndoles garantías legales, permitiéndoles su desarrollo pero sin asimilarlos ni integrarlos, en realidad nunca serán ciudadanos. Por lo que su decepción puede ser terrible si después de varios años el progreso ansiado no llega. ¿Qué hacer? Volver a sus valores, sus creencias, su religión que les pueden servir de consuelo. Ahora hablamos de revueltas, después sugeriremos soluciones para no sufrir violencia en nuestras ciudades, pero ¿seremos capaces de buscar un cierto equilibrio de la distribución de la riqueza que es uno de los grandes culpable de todo?
Cuando regresaba a casa después de una reunión de trabajo, la radio del coche hablaba de la noticia publicada en el Washington Post sobre la existencia de cárceles secretas, sitios negros los llaman, en varios países europeos y asiáticos. Allí tienen detenidos a sospechosos de terrorismo. Lo preocupante de esta noticia es que da la sensación de que los americanos están por encima del bien y del mal, ellos pueden ignorar las leyes vigentes y saltárselas a voluntad. Y hay una serie de preguntas que por ahora no tienen respuestas: ¿Quién o quienes han ordenado su ingreso en dichas cárceles? ¿En base a que pruebas? ¿Qué jurado ha declarado culpable al detenido?
¿Cuánto tiempo van a estar detenidos? ¿Quiénes son los detenidos?
Personalmente pienso que esta situación es indignante. No todo vale. Al terrorismo hay que combatirlo con la ley en la mano. En caso contrario se es tan terrorista como ellos. Nadie debe estar por encima de la ley. Ni siquiera para defenderla.
Insistimos sin parar en la necesidad de leer. Nos quejamos que los jóvenes no leen. Tampoco lo hacen los adultos. Sin embargo hoy hay más libros que nunca, se editan de todos los tamaños, colores y temas imaginables. Incluso a precios adecuados a todos los bolsillos. No creo que el problema sea el leer sino el saber leer. Leer es descifrar cualquier tipo de signo. De las páginas de un libro salen volando hadas y dragones, mundos antiguos y mundos imaginarios, personajes llenos de generosidad y otros viles y ruines, historias, pensamientos, poesía y amor, ecuaciones y tratados de los asuntos más dispares. El acceso a ellos es fácil. Hoy tenemos mucha información en los libros, en Internet, en los periódicos gratuitos y de pago. Pero hay que saber leerla. Un burro conectado a Internet sigue siendo un burro. La lectura proporciona una alegre sensación de poder y libertad que no siempre usamos como es debido. En el fondo nos cuesta trabajo aprender a pensar y en eso si llevamos muchos años de atraso.
Venimos quejándonos de la falta de intelectuales comprometidos con la sociedad, que hablen claro y fuerte. De intelectuales capaces de alzar su voz para indicar caminos a seguir, indicar los peligros a los que nos enfrentamos o que nos podemos encontrar si emprendemos determinados caminos.
El premio Nóbel de literatura, José Saramago es uno de ellos. Acaba de denunciar en Buenos Aires los problemas que ocasionan la violencia, la indisciplina y la falta de autoridad en la escuela. Se quejaba del error que supone confundir “instrucción” con “educación”. La escuela puede instruir a sus alumnos pero no puede educarlos ya que no tiene medios ni es su finalidad. A la vez constataba un hecho, padres analfabetos pueden educar a sus hijos, aunque estos estén sin instruir y todos sabemos que hay jóvenes instruidos que carecen de educación.
Pidió que seamos capaces de aprender a vivir en sociedad, que pasa por el reconocimiento de los límites. Y siendo conscientes de que no todo tiempo pasado fue mejor, si podemos decir que el tiempo presente debería ser mejor.
Una magnifica conferencia.